Quitatelos, quitate los auriculares. Los estuviste usando por décadas y aún los seguís usando. Hasta que un día te empezás a preguntar por qué tanta burbuja hermética. Hasta que un día escuchás que el individualismo nos persigue. Hasta que un día escuchas que el mundo está bajando la conexión presencial, pero aumentando la conexión virtual. Hasta que un día la dimensión 3D es la más real. Hasta que un día…
¿Acaso no dicen que estamos todos conectados? ¿Acaso no es lindo romantizar la vida con música? Sí. ¿Pero acaso hemos llegado a crear islas de cada uno de nosotros, solo para no intervenir o cruzarnos con un otro en la calle? Entonces, se insiste: quitate los auriculares.
Quitate los auriculares, escuchá conversaciones ajenas, escuchá la risa del que está adelante molestando a su hermana, escuchá el ladrido del perro esperando a su dueña a la salida de una farmacia; escuchá la pelea de dos conductores de auto bajando la ventanilla, escuchá los bocinazos de atrás. Escuchá el grito de gol de tu vecino gallina. Escuchá las risas de dos amigas saliendo de la escuela. Escuchá a esa abuela hablando con su nieto en esa cafetería. Escuchá a los novios buscando un libro para leer en esa librería enorme de Cabildo y Juramento. Escuchá cómo hablan del casamiento de Taylor dos swifties. Escuchá cómo alaban a Messi y Vozinha dos empleados de la panadería. Escucha el maullido de tu gata.
Es que somos eso. Ya decía Marco Aurelio, un fiel pregonero del estoicismo y de la autonomía mental y moral: lo que no beneficia a la colmena, tampoco beneficia a la abeja.
Somos animales sociales, ¿no? El aislamiento egoísta no nos es funcional. Aislarnos de nuestro entorno es similar a cortarnos un pie. Puede que nos encontremos con un entorno que no nos agrade: personas falsas, agresivas, etcétera. Aun así, ese entorno no nos define; la mente es nuestra. Escuchar nos permite discernir, tener criterio propio, elegir con quiénes sí y con quiénes no. Puede que necesitemos tiempo para una elección, pero tendremos siempre la opción de elegir.
Hasta que un día recordás por qué los usabas…
No te olvides entonces, extraño, de pensar para adentro y en voz alta.
También podés dejar tu comentario por acá; sería un paso más que pensar en voz alta.