No había nada que pudiera hacer. Hacía mucho frío, el pelo no le llegaba a cubrir el cuello. Samanta sabía que tenía que entrar, pero tenía miedo. ¿Y si estaba equivocada? ¿Debía hacer lo que sus padres le dijeron? Su cabeza era un loco.
Ir o no ir. Decide ir pero a metros de la puerta, ve salir a un grupo de chicas. Eran muy chicas, eran muy grandes. No las distinguía bien, pero vio a una chica alta, de zapatillas deportivas, calzas negras, campera larga, color de pelo negro y flequillo recto corto. Dio tres pasos para atrás, estaba asustada.
-Ellas no van a estar conmigo, no se parecen en nada a mi- decía- avanzó un paso.
-Es solo una entrevista, voy a estar sola- pensaba, avanzó otro.
-Ellos saben más que yo, son psicólogos- dijo, dio el último paso.
-Que sea lo que Dios quiera- rogó y se entregó. Cruzó la puerta de madera barnizada, era una casa reciclada, acogedora. Pudo sentir el calorcito de hogar, pero el blanco en las paredes le hizo recordar el lugar en donde estaba. Esperó que la llamaran como le había indicado la secretaria. En la sala de espera veía subir y bajar a muchas chicas y señoras de gran edad. Tenía miedo, pero lograba distraerse con las tres pinturas enormes que estaban colgadas en la sala. Una en cada pared. A ella solo le gustaba una, la de un bosque encantado colorido, las demás pinturas eran tristes. Prefería evitarlas.
Finalmente, escucha su nombre. Debía subir. No quería, pero lo hizo porque sabía que no tenía escapatoria. Olga la estaba esperando. Una señora mayor de pelo rubio plateado, mujer coqueta, de labios pintados de rojo carmesí. La escalera era rara, angosta de caracol. La escalera más larga que nunca antes había subido. Lo que le esperaba arriba iba a ser el principio de algo que le cambiaría la vida…