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Un domingo de verano tocaba las puertas de aquella casa grande de ventanas de madera barnizadas. Los 26 grados eran agradables, dignos de una cena con amigos en una pizzería de techo abierto. La calidez del tiempo se esparcía en todo el barrio, en toda la casa, sin embargo no llegaba a las puertas del dormitorio de una persona; una chica débil, desconfiada, triste y sumisa.

Su nombre es Samanta, y su historia no empieza aquí, pero se promete narrarla en las páginas siguientes, con mucha delicadeza y respeto, como el que se merece.

Ese día su cabeza estaba envuelta de remolinos que chocaban unos con otros, remolinos de viento, de arena y de agua colisionaban. Su refugio era la esquina de un cuarto, sentía que si abrazaba sus piernas iba a sentirse mejor. El llanto que salía desde el pecho se hacía cada vez más potente. Iba a echarlo todo por la borda, esta vez era en serio, esta vez su cuerpo no lo podía soportar, esta vez no era capaz de secarse las lágrimas, no encontraba las fuerzas para levantarse, todo era tan oscuro «¿dónde estás?» se preguntaba, «¿dónde estas Dios?» Realmente lo iba a hacer, «por favor, llévame contigo, no lo resisto más» suplicaba. Dos horas pasaron, y ella seguía allí acurrucada en aquella esquina. Llama a su madre, pero no hay respuesta, le manda un mensaje a una amiga, pero tampoco hay respuesta. Era muy temprano o era demasiado tarde.

¡No sirvo para nada, para qué nací, no puede ser que siempre viva sufriendo! ¡Dios! ¿Para qué me trajiste al mundo? La voz interior se torturaba con esos pensamientos, realmente no había motivos. Los nervios estaban volviéndola loca, la rabia se apoderaba de ella, por lo que su cabeza comienza a golpear la pared transformando el sonido de llanto en un ruido seco y doloroso.

¿En qué estaba pensando? ¿Cómo podía llegar hacerse eso? Samanta estaba fuera de si, no estaba siendo ella en un cien por ciento.

Algún motivo, alguna razón tendría su vida. No estaba allí por nada. Se levantó algo mareada, se limpió la nariz con la manga de su buzo y se secó las lágrimas con la otra manga. Estaba bloqueada, pero sabía qué debía hacer. Se levantó y se tiró a la cama.

Con los párpados inflamados del llanto se levantó, se cambió, desayunó y fue a su escuela, aquel refugio en el que nada le pasaría. Se llenó de energía, de ganas, de muchosidad y volvió a vivir

samanta ventanal rubia

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